Sobre la Revolución Rusa y el comunismo del siglo XX , artículo de Joaquim Sempere

SOBRE LA REVOLUCIÓN RUSA Y EL COMUNISMO DEL SIGLO XX*

Joaquim Sempere

El próximo centenario de la Revolución rusa de 1917 será ocasión para hacer balance del acontecimiento, pero también del comunismo del siglo XX e incluso del siglo XX mismo. Para las derechas será seguramente una oportunidad para volver a remachar, con distintos tonos y melodías, que “no hay alternativa” al capitalismo. Para las izquierdas debería ser una oportunidad de reflexión destinada a saldar cuentas y mirar hacia el futuro con algunas lecciones aprendidas. Lo que sigue es un intento de contribuir a esa reflexión.

Reforma y revolución ante la Gran Guerra: costes de hacer y de no hacer una revolución

Sobre las ruinas de la Primera Guerra Mundial sólo en un país, la Rusia de los zares, triunfó una revolución popular contra los gobernantes responsables de la matanza. Hacía  décadas que proliferaban en el país movimientos radicales –narodniki, anarquistas, socialistas y otros, algunos de ellos inclinados a la lucha armada y al terrorismo—, que luchaban contra un régimen imperial que hasta 1861 no abolió la servidumbre feudal, y que gobernaba por el terror, la delación, una policía política omnipresente, las ejecuciones de oponentes o su encarcelamiento o deportación. En aquella Rusia explosiva, gobernada por una insensata “corte de los milagros”, se desarrolló un movimiento marxista importante desde el punto de vista intelectual y político, y en su interior una diferenciación marcada entre reformistas y revolucionarios. El Partido Obrero Socialdemócrata Ruso se había dividido en 1903 entre revolucionarios bolcheviques y reformistas mencheviques.

En los partidos europeos occidentales de la Internacional Socialista esta contraposición estuvo latente hasta la guerra sin llegar a la escisión. La Internacional, durante los años anteriores a 1914, había estado advirtiendo sobre el peligro una guerra interimperialista y se había pronunciado contra esa amenaza, declarando que los pueblos no tenían que dejarse arrastrar a una matanza en beneficio de una minoría de plutócratas. Pero cuando estallaron las hostilidades, en los parlamentos nacionales en que los socialistas tenían representantes, éstos votaron a favor de los créditos de guerra, arrastrados por una potente ola de chovinismo que sumergió Europa. Las minorías de diputados socialistas que resistieron la oleada y se mantuvieron fieles a la palabra y a la doctrina de la Internacional acabaron constituyendo fracciones o partidos independientes, según los países, que dieron origen a los partidos comunistas y a otras izquierdas socialistas. La ruptura entre revolucionarios y reformistas fue, en Europa occidental y central (a diferencia de Rusia y con la sola excepción de Italia), un resultado de la primera guerra mundial.

La debilidad del socialismo revolucionario europeo se evidenció desde aquellos momentos, y no sólo en el apoyo a los créditos de guerra. Pese a que los desastres de la Gran Guerra sensibilizaron a millones de personas de las clases populares, y de que en algunos casos se produjeron reacciones importantes (motines contra la guerra de soldados franceses en la primavera de 1917, amotinamientos de marineros y soldados e implantación de la república en Alemania en noviembre de 1918, revolución efímera en Hungría en 1919, ocupaciones de fábricas en el Norte de Italia en 1920, entre otras), los resultados para las fuerzas anticapitalistas fueron escasos. En Alemania [el estado mayor del ejército hizo dimitir al káiser y favoreció una república que pudiera detener la revolución obrera. El] movimiento revolucionario consejista contribuyó a la caída de la monarquía y al establecimiento de la república, pero la cúpula socialdemócrata impidió que la revolución fuera más allá, y lo hizo con un coste extraordinario para la democracia: el militarismo prusiano, el aparato de Estado y el poder del gran capital –los principales culpables de la matanza— se mantuvieron intactos, haciendo posible que sólo catorce años más tarde los nazis tomasen el poder y preparasen la segunda gran matanza del siglo. Tal vez no era posible una revolución socialista en Alemania entre 1919 y 1923, pero parece verosímil que se podía quebrar el espinazo de estos tres puntales de la reacción, de manera que la historia habría podido ser completamente distinta. A veces hay quien esgrime el coste de hacer una revolución como argumento en contra de ella. En este caso la pregunta pertinente es: ¿cuál fue el coste, en Alemania y en Europa, de no hacer la revolución? Antes de 1933 aún se presentaron oportunidades para cerrar el paso al nazismo, pero fracasaron, en un contexto en que la recomposición de la derecha era un hecho consumado que hacía muy difícil la resistencia obrera.

En cualquier caso, en Europa central y occidental, ya sea por la traición de las cúpulas socialdemócratas a sus proclamados ideales anticapitalistas o por la falta de una voluntad revolucionaria entre las masas populares –que a su vez puede atribuirse a la falta de educación socialista de esas masas y a la falta de liderazgo revolucionario de las organizaciones sindicales y políticas socialdemócratas—, las fracciones revolucionarias del socialismo quedaron reducidas a minorías. Ya a finales del siglo XIX crecían en el movimiento obrero organizado tendencias a colaborar con el sistema, personificadas en sectores privilegiados de trabajadores. Del marxismo estos sectores se quedaban con la visión evolutiva de los modos de producción y olvidaban o negaban el papel de la subjetividad y la voluntad activa de la gente para transformar la sociedad. Tendían a pensar cada vez más que el socialismo sería resultado de un desenlace gradual de las estructuras socieconómicas del capitalismo, y que no requeriría ningún empuje activo, y menos aún del empuje activo de las multitudes populares. Las concesiones salariales y sociales posibilitadas por el aumento general de la riqueza y el saqueo de las colonias facilitaban esa integración en el sistema de muchos trabajadores y, en particular, de muchos de sus dirigentes. La tragedia de la Gran Guerra no bastó para consolidar una voluntad obrera anticapitalista importante en la mayoría de países europeos, como tampoco lo serían más adelante las otras tragedias provocadas por los intereses del gran capital: fascismo, Segunda Guerra Mundial, guerras coloniales. Un resultado de esta incapacidad queda ilustrado con el estremecedor mapa geopolítico de la Europa de 1939 y 1940: o dictaduras fascistas autóctonas o regímenes fascistas implantados por la invasión nazi, salvo en la Unión Soviética, Gran Bretaña y Suecia (Hitler dejó que Suiza conservara su independencia para que no fueran bombardeadas las industrias suizas que le proporcionaban armamento).

También es cierto que la bolchevización posterior de los partidos socialistas revolucionarios europeos que se adhirieron a la tercera Internacional, o Internacional Comunista, los convirtió en instrumentos de la política del Estado soviético y los debilitó como instrumentos autónomos de las clases trabajadoras de sus respectivos países. Primero, la urgencia sentida por el nuevo Estado obrero ruso de que triunfara la revolución en Occidente para que pudiera sobrevivir la Rusia soviética se tradujo en una fuerte presión en la nueva Internacional sobre los partidos europeos, que llevó a dar golpes aventureros, especialmente en Alemania, dictados más por la ansiedad de apuntalar el régimen soviético que por las condiciones reales de los países donde se practicaban estas huidas hacia delante. Más tarde, el descrédito provocado por la reacción autoritaria interna de la política soviética afectó a los partidos comunistas. Estos factores, combinados entre sí, dificultaron que prosperara en Occidente un socialismo revolucionario o un “reformismo fuerte” resueltamente anticapitalista y democrático y a la vez enraizado en las realidades nacionales de los distintos países.

Los cambios revolucionarios en Rusia

Mientras tanto, en Rusia la existencia de una organización revolucionaria sólida hizo posible transformar la guerra en revolución. En febrero de 1917 cayó el zarismo. Pero el gobierno de coalición resultante no se atrevió a ir más allá. Los bolcheviques tenían un programa con dos puntos principales que respondían a las dos aspiraciones  más sentidas por la mayoría de la población en aquellos momentos: retirada inmediata de Rusia de la guerra y reforma agraria. ¡Paz y tierra! Este programa hizo posible la toma del poder por los bolcheviques el 7 de noviembre de 1917 por la vía armada.

El nuevo poder, obligado a gobernar en medio de dificultades enormes, aplicó un programa de transformación a fondo de la sociedad en fases sucesivas. Además de firmar la paz, repartió la tierra individualmente entre los campesinos y expropió la gran industria y la banca, eliminando las bases del poder de terratenientes y capitalistas. Impulsó una industrialización acelerada y desarrolló las capacidades científicas y técnicas del país. Escolarizó a toda la población y estableció un sistema de salud tendencialmente universal. Transformó las costumbres en muchas facetas de la vida cotidiana; estableció una nueva legislación sobre el matrimonio y el divorcio; amplió los derechos de la mujer; separó Iglesia y Estado. Catalizó el potencial creativo de escritores, intelectuales y artistas, desencadenando un entusiasmo innovador que arrastró a millones de personas y convirtió a la Rusia soviética en la meca del arte de vanguardia.

Estos cambios fueron observados desde Europa y América como el comienzo de una nueva época llena de promesas.  Los ideales de justicia, igualdad y fraternidad asumidos por una parte de las sociedades modernas parecieron repentinamente materializarse en la Rusia revolucionaria, que por eso despertó el interés y la atracción de los sectores de opinión socialmente avanzada. Todas las formas de mejora social y de creación cultural parecían posibles en la nueva Rusia, que durante unos años fue una especie de laboratorio sociocultural de grandes dimensiones. El país recibía la visita de numerosos observadores del movimiento obrero, el pacifismo y la intelectualidad progresista del mundo entero.

La revolución socialista rusa no se ajusta a las previsiones

Por vez primera un partido socialista revolucionario tomaba el poder del Estado en un país grande. Las teorías más difundidas y acreditadas del pensamiento socialista no preveían la victoria del socialismo en un país muy mayoritariamente campesino y agrario, con poca industria y escaso desarrollo de estructuras sindicales, sociales, culturales de la clase obrera. Rusia era una sociedad con conflictos explosivos, desequilibrada, acostumbrada al despotismo, inclinada a soluciones mesiánicas. Dostoievski hacía pronunciar a Stavroguín, uno de los protagonistas de Demonios, una fórmula lapidaria: “Rusia es un error demasiado grande para que lo podamos arreglar nosotros solos”.

Los propios líderes bolcheviques afirmaban que aquella revolución era una anomalía que sólo podría resistir si algún país occidental importante hacía su propia revolución socialista y ayudaba a la Rusia soviética a salir adelante. Pero la revolución no triunfó en ningún país occidental, y las clases propietarias no estaban dispuestas a permitir que se estabilizara un régimen de los parias de la Tierra. No estaban dispuestas a ello ni las clases expropiadas de la propia Rusia, ni las oligarquías de Occidente, ni los políticos adversarios de “aventuras” revolucionarias, incluyendo a la mayoría de dirigentes socialdemócratas.

Comienza la contrarrevolución y el poder revolucionario se concentra

Poco después del asalto al Palacio de Invierno de Petrogrado que permitió implantar un gobierno obrero revolucionario el 7 de noviembre de 1917, catorce Estados mandaron tropas expedicionarias para aplastar la revolución social. La firma de la paz de Brest-Litovsk en 1918 conllevó recortes territoriales.

Pronto las propias fuerzas de la revolución se dividieron y empezaron a luchar entre sí, comprometiendo aún más la defensa de las conquistas revolucionarias. Los bolcheviques, con el gobierno en sus manos, preconizaban una centralización fuerte del poder para hacer frente a las amenazas de todo tipo. Las resistencias de anarquistas, socialrevolucionarios y mencheviques movieron al gobierno a disolver la Asamblea Constituyente –en la que los bolcheviques estaban en minoría— e impedir que se reuniera en 1918, con el argumento de que ya no representaba la correlación real de fuerzas: las elecciones se habían hecho antes de la toma del poder el 7 de noviembre de 1917. Hubo choques armados. Estos hechos revelaban una cuestión propia de cualquier revolución asediada: ¿hasta qué punto hay que concentrar el poder, y hasta qué punto es viable el pluralismo político en los momentos más álgidos de la revolución?

Disolver la Asamblea Constituyente en 1918 formaba parte de la concentración de poder para la defensa de una revolución asediada. Pero entre las numerosas medidas de emergencia de aquel momento difícil y la posterior dictadura estalinista hay un salto que no puede darse por descontado. ¿Era inevitable que la liquidación del pluralismo político y otras medidas de excepción de los primeros años evolucionasen hacia un régimen despótico personal?

La disolución de la Asamblea Constituyente alarmó a Rosa Luxemburg, que escribió inmediatamente contra la medida, señalando que la libertad política es un valor inherente al socialismo. No podía anticipar el horror estalinista, pero intuyó los peligros que podían derivarse de una medida de aquellas características. Rosa Luxemburg, por cierto, murió poco después, en enero de 1919, asesinada por oficiales reaccionarios de los Freikorps, con la tolerancia o complicidad de Emil Noske, entonces ministro soialdemócrata del Interior de la nueva república alemana.

La reacción interior se reorganizó alzando ejércitos contrarrevolucionarios, los “ejércitos blancos”, que desencadenaron una guerra civil de dos años. A la ruina resultante de la Gran Guerra se añadieron las destrucciones derivadas de la guerra civil y de la intervención extranjera. El “comunismo de guerra” de los primeros momentos se abandonó y se sustituyó por la NEP, que dejaba libertad a los negocios privados y permitió reactivar una economía exhausta y paliar la escasez más extrema. Pero la NEP duró poco: se consideró un peligro que alimentaba la contrarrevolución.

Circunstancias adversas

La evolución de la Rusia posrevolucionaria estuvo marcada por unas cuantas circunstancias adversas. La primera fue el acoso militar externo e interno, que obligó a un esfuerzo defensivo destinado a prolongarse hacia el futuro. Paul Baran reproduce una observación de Stalin en 1931 según la cual o la URSS se armaba hasta los dientes o en diez años sería liquidada. El pronóstico acertó con exactitud aritmética: en 1941 las tropas alemanas invadían el país, al que infligirían la muerte de 25 millones de personas y destrucciones materiales inmensas.

La segunda circunstancia adversa es que Rusia era un país eminentemente agrario. El nuevo régimen, para subsistir en condiciones aceptables, había de forjar algún tipo de alianza con los campesinos y hacer participar a éstos en la construcción del nuevo país. De hecho, la reforma agraria había dado a los bolcheviques y a la revolución una inmensa popularidad en las zonas rurales en los primeros momentos, y el Ejército Rojo, compuesto sobre todo de campesinos, es buena prueba de ello. Bujarin fue quien mejor comprendió la necesidad de contar con el campesinado, pero no fue escuchado en su país –sí fue escuchado, en cambio, por Mao Zedong, en un país donde el peso del campesinado era aún mayor. El desprecio hacia el mujik por parte de los sectores urbanos modernizadores y occidentalizantes, reforzado por la escasa consideración del campesinado en el pensamiento marxista, no ayudaba a adoptar una política agraria de orientación bujarinista. El campesinado fue visto como una clase atrasada que no merecía confianza. Pero era decisiva como productora de alimentos. Esto condujo a los dirigentes soviéticos a practicar sucesivas sangrías del agro para obtener alimentos destinados a las ciudades, al ejército rojo y a la incipiente industria. Esta actitud culminó en la colectivización forzosa de finales de los años 20. Este proceso ha sido descrito como una segunda –y prolongada— guerra civil, que dejó el país exhausto, con centenares de miles de muertos y un campesinado en gran medida hostil al poder soviético. Brigadas de soldados o militantes comunistas recorrían el territorio para hacer pagar el tributo legal en especie o incautarse de cereal o ganado “exigido” por situaciones definidas como excepcionales. Muchos agricultores preferían sacrificar el ganado e incluso quemar las existencias de grano antes que dejar que se lo arrebataran. La colectivización que se impuso no fue en modo alguno un desarrollo orgánico de la “comuna tradicional rusa”, aún viva cuando Vera Zasulich intercambiaba correspondencia con Marx sobre el tema: fue sobre todo un procedimiento administrativo para controlar a un campesinado rebelde. No obstante, subsistieron en la época soviética hábitos comunales en las formas de vivir y trabajar de los campesinos que conviene evaluar: “la explotación agraria colectiva, además de funcionar como institución del poder del Estado, también sirvió como vehículo de una comunidad moral más antigua, heredera de la comuna campesina que había practicado durante mucho tiempo redistribuciones periódicas de parcelas para permitir hacer frente a las necesidades de los distintos hogares en el periodo anterior al comunismo” (Hann 1998:19).

El poder y la nueva burocracia

La tercera circunstancia adversa fue la desorganización social profunda que resultó de los fenómenos anteriores. Se extendieron la escasez y el hambre. Esto tenía efectos políticos perversos. La emergencia de un aparato administrativo que iba monopolizando todos los mecanismos del poder y escapando cada vez más de la aplicación de la ley llevaba a un creciente imperio de la arbitrariedad y a un creciente reclutamiento de arribistas sin principios ni escrúpulos para ocupar los cargos administrativos y políticos. Pertenecer al “partido” –con el monopolio del poder resultante de la ilegalización de los demás partidos— era condición para acceder a mayores raciones alimentarias y a otras ventajas sociales. Los nuevos apparatchiki fueron sustituyendo a las primeras hornadas de miembros del partido comunista aún impregnados de moral revolucionaria, generosidad, espíritu de entrega y sacrificio. Cuando Stalin acabó de concentrar en sus manos todos los mecanismos del poder, las bases de una  dictadura de la burocracia ya estaban sólidamente instaladas. La liquidación física de todas las personas que quedaban en vida de la vieja guardia bolchevique en las purgas masivas de 1935-1937 acabó de consolidar el despotismo personal de Stalin, y supuso una discontinuidad política entre un antes y un después: ¿qué quedaba de la revolución original después de 1937?

El primer movimiento efectivamente universalista de la historia

La revolución rusa despertó interés y entusiasmo en el extranjero, aunque también recelos. En distintos frentes de guerra, en 1917, las noticias de Rusia estimulaban protestas y motines. Los destacamentos más sensibles del movimiento obrero vieron en Rusia un ejemplo en el que inspirarse. Pero sus efectos a escala mundial no se limitaron a una simple ola de simpatía. La revolución rusa fue el primer movimiento sociopolítico de la historia humana que proclamó la igualdad y la fraternidad como objetivos para todas las personas humanas y todos los pueblos de la Tierra. Fue el primer movimiento efectivamente universalista de la historia.

En el interior de sus propias fronteras reconoció el derecho de autodeterminación de todos los pueblos del imperio zarista, “prisión de pueblos”. Aquel reconocimiento no se puede infravalorar como medida sólo formal. Pese a que la soberanía de los pueblos fue ficticia no sólo bajo Stalin, sino también hasta el final del régimen soviético, no habría sido tan fácil para las repúblicas bálticas, Ucrania, Bielorrusia y las repúblicas caucásicas y centroasiáticas obtener la independencia tras la disolución de la URSS después de 1991. Habían heredado del régimen soviético un reconocimiento de su soberanía nacional.

La revolución declaró el derecho de las colonias a la independencia y ayudó prácticamente a muchos movimientos de emancipación a organizarse y luchar, como fue el caso de China desde los primeros años posteriores a 1917. La Unión Soviética fue el único Estado del mundo, además de México, que ayudó política y militarmente a la Segunda República española atacada por el fascismo. Las armas de los luchadores vietnamitas por su independencia procedían de la Unión Soviética y de la China popular, y la Cuba socialista no habría podido resistir sin el apoyo soviético.

La solidaridad internacionalista activa con otras revoluciones y movimientos emancipadores tuvo límites, primero por la propia situación precaria de Rusia y más tarde por la involución del régimen, que a medida que se volvía más despótico se volvía también más insolidario, hasta instrumentalizar la ayuda exterior al servicio del interés de Estado de la URSS. Una ilustración de ello es, durante la guerra civil española, la represión del POUM y el asesinato de Andreu Nin, teledirigido desde Moscú. Se impuso, además, la tendencia a convertir a los partidos comunistas de obediencia moscovita en agencias de propaganda de la URSS, cómplices del silencio sobre los crímenes y violaciones de derechos humanos que se cometían en Rusia. La desmoralización provocada por aquella instrumentalización contribuyó a debilitar la influencia de las ideas revolucionaria en los movimientos obreristas y democráticos occidentales y de otras regiones del mundo. Pese a ello, la URSS practicó políticas favorables a muchos movimientos de emancipación, y mantuvo una política internacionalista –aunque atenuada y a veces inconsecuente— mucho más clara, por ejemplo, que la República Popular de China, incluso antes de su adopción del capitalismo.

Un ejemplo vivo de la vulnerabilidad del capitalismo

Ahora bien, la historia nunca es sencilla, y a la vez que la URSS difundía desmoralización entre las vanguardias políticas, su propia existencia constituía un ejemplo vivo de la vulnerabilidad del capitalismo, la prueba de que era posible derrocar el capitalismo y construir una sociedad sin capitalistas y terratenientes, que funcionaba –mejor o peor— y que podía incluso enviar al espacio un satélite artificial antes que cualquier potencia occidental. Así lo percibía una parte del movimiento obrero y de la opinión popular occidental. La batalla de Stalingrado, que inició el declive militar de la Alemania nazi, y la contribución decisiva de la URSS a la derrota del nazismo aumentaron el prestigio del país y de su régimen. Esta percepción contribuyó a que el poder capitalista en Europa occidental estuviese dispuesto a hacer concesiones sociopolíticas a sus trabajadores y a aceptar pagar impuestos para sostener un Estado del bienestar como el que se instauró en la postguerra.

A la idea de que la existencia de la URSS prueba que es posible en una sociedad industrial moderna un régimen sin capitalistas y terratenientes se le podría objetar que aquel sistema no fue realmente viable, puesto que se derrumbó sin siquiera resistencias internas en 1991. Y que cuando se derrumbó, su clase dominante se pasó con armas y bagajes al enemigo de la víspera, adoptando sus principios de organización y funcionamiento social. Pero la conclusión es discutible. El régimen, pese a sus ineficiencias y a la ausencia de libertades, duró setenta años, alimentando a su población, dándole asistencia sanitaria y un nivel educativo tan alto que hoy es uno de los países del mundo con mayor número de titulados superiores. Todo esto lo hizo, además, en un contexto hostil de hostigamiento militar que le obligó a competir con potencias económicamente mucho más poderosas en un sistema de defensa desorbitado y costosísimo (los arsenales nucleares de los Estados Unidos y la Unión Soviética, sumados a los de Gran Bretaña y Francia, podían destruir varias veces toda la vida humana sobre la Tierra).

Lo que es indiscutible es que la Unión Soviética, pese a sus elementos de colectivismo, no encarnó en modo alguno los ideales socialistas o comunistas, que son inseparables de las libertades personales. Fue un curiosum histórico que ha hecho correr mucha tinta sobre cómo caracterizarlo y que no encaja con los esquemas habituales, aunque a cierto pensamiento liberal le sirve para asociar “socialismo” con “autoritarismo”, para así reforzar la asociación entre “capitalismo” y “libertad”. En todo caso, no era capitalismo, sino algo distinto que pudo sobrevivir durante siete décadas. Y si no era socialismo ni capitalismo, ¿cómo debe ser descrito y caracterizado?

La naturaleza social del régimen soviético

Los dirigentes de la revolución rusa no creían estar construyendo el socialismo. Lenin dijo que era “un capitalismo de estado” y Trotski “un Estado obrero con deformaciones burocráticas”, frase también usada por Lenin. Ninguno de los dirigentes de la primera generación creyó que fuese posible el socialismo en un solo país, y menos en un país atrasado como Rusia. El régimen, sin embargo, resistió sin regresar al capitalismo y se transformó en una tiranía burocrática y personalista que de ninguna manera, se podía considerar socialista o comunista pese a la falsa retórica de la doctrina oficial. Es cierto que las estructuras de la propiedad de los medios de producción no eran capitalistas. La propiedad no era privada, sino estatal (salvo la propiedad cooperativa, más formal que real), y pertenecía formalmente “a todo el pueblo”. De hecho el control lo ejercía una casta privilegiada, y lo hacía con un sistema colectivista-corporativo: esta casta sólo podía gobernar y gozar de privilegios en la medida en que pertenecía al aparato de poder del partido-estado. Esto significa que cada político-funcionario ejercía el poder en común con los demás, y perdía su poder y sus privilegios si era expulsado del partido o de su función. Esto realimentaba el conformismo y la adulación a los superiores jerárquicos, destruyendo la autonomía personal y la iniciativa social. Durante la vida de Stalin, además, este poder se consolidaba con la amenaza permanente de la cárcel, la deportación, el gulag o la pena de muerte, en un clima de delación y arbitrariedad en que nadie sabía qué le podía ocurrir al día siguiente. También es cierto que, como ocurre con muchos regímenes despóticos, era posible vivir si se renunciaba a intervenir en política más allá de los simulacros de participación –un sacrificio que destruye la esencia misma de la libertad y la idea de ciudadanía, y por lo tanto la esencia misma del socialismo—, y que la disciplina laboral podía ser muy laxa (se bromeaba con el lema: “los de abajo hacen como si trabajaran y los de arriba hacen como si les pagaran” como caricatura de un sistema de ineficiencia y de bajos ingresos). Esta falsificación de la vida pública contribuyó también a mantener el estalinismo y lo que vino después. Represión y destrucción de la vida civil se combinaron para hacer pervivir el sistema.

El sueño socialista quedó pronto enterrado en la Unión llamada “soviética”. La democracia consejista, de los soviets, fue destruida muy pronto tras el levantamiento obrero de Kronstadt, ya en 1921, y tras otros episodios primerizos saldados con la destrucción de la autonomía de la sociedad civil y su substitución por la burocracia de Estado. Desaparecieron las libertades públicas: políticas, sindicales, culturales, etc.

Se discute sobre si se puede calificar de totalitario aquel régimen. En la izquierda hay resistencia a la aplicación de este calificativo a la URSS porque se ha utilizado para identificar nazismo y comunismo (por ejemplo, cuando se habla del “siglo de los totalitarismos”). Creo que tal identificación no está en modo alguno justificada, pero a la vez creo que el régimen soviético, al menos durante el estalinismo, merece ese calificativo: el Estado podía dar y quitar a cualquiera en cualquier momento, y sin necesidad de justificarse, el acceso al empleo, a la vivienda, a los servicios sociales, a la expresión escrita, etc., por no hablar de la libertad de pensamiento y de las libertades en general, y hasta la vida. La sumisión de los individuos al poder del Estado llegó a cumbres inigualadas. ¿Qué es totalitarismo sino la intromisión del Estado en la totalidad de las esferas de la vida de las personas?

Cuando al morir Stalin se fue eliminando la arbitrariedad de su poder personal, se hizo efectivo el imperio propiamente dicho de la burocracia. Pero ni antes ni después de la muerte del autócrata se pudo hablar justificadamente de socialismo o comunismo en la Unión Soviética. Como dijo Manuel Sacristán, el fracaso del socialismo en la atrasada Rusia se puede considerar una venganza póstuma de Marx sobre Lenin.

En cualquier caso, el régimen soviético de postguerra mostró una notable capacidad de recuperación tras los destrozos de la segunda guerra mundial, pese a sus ineficiencias económicas y a la desmoralización política de la población. En los años 60 del siglo XX todavía un Jrushchov entusiasta –una vez muerto Stalin e iniciado el “deshielo”— se hacía la ilusión de que la Unión Soviética alcanzaría en pocos años el nivel de prosperidad material del Occidente capitalista e incluso lo superaría.

Hay puntos que deberían incluirse en un balance completo de la experiencia soviética sobre los cuales sólo me atrevo a lanzar algunas suposiciones y preguntas.

La cuestión del productivismo

La mencionada previsión de Jrushchov expresa claramente el productivismo dominante en el régimen soviético, que tiene raíces profundas en el marxismo. Desde el inicio de la revolución todos los dirigentes compartieron la voluntad de proceder a una industrialización acelerada, incluso al precio de enajenarse a las masas campesinas, la amplia mayoría de la población. En la Rusia revolucionaria predominaba una imagen de lo que es la riqueza en la era industrial y científico-técnica coincidente con la del Occidente capitalista –coincidencia que no debe exagerarse porque el régimen soviético introdujo elementos de colectivismo e igualitarismo que lo diferenciaban claramente del capitalismo. (Un ejemplo tardío de este colectivismo es la idea formulada por Jrushchov de crear flotas de automóviles de alquiler, una alternativa a la generalización del coche de propiedad particular que hoy algunos ecologistas defienden.)

Utilizo aquí el término “productivismo” para designar cualquier metabolismo social que no respete los límites de la sostenibilidad ecológica porque considera que la especie humana puede permitirse explotar a voluntad y sin límites los recursos naturales. La Unión Soviética adoptó sin la menor crítica este tipo de metabolismo, que tiene detrás una visión fáustica de las relaciones entre especie humana y naturaleza. Visto desde hoy, este mimetismo respecto a Occidente ha sido otra debilidad de la experiencia soviética. En la URSS no sólo no se construyó un metabolismo distinto, sino que ni siquiera se imaginó. Esta es una razón de peso para pensar que de aquella experiencia quedará poca cosa aprovechable de cara a un futuro ecológicamente sostenible. (Es significativo del productivismo soviético el desastre del mar de Aral, provocado por un sistema de riego de dimensiones faraónicas en el Asia central destinado a alcanzar la autosuficiencia nacional en materia de algodón, que desviaba el caudal de los dos grandes ríos siberianos que desembocan en este mar. Y no fue un delirio megalomaníaco de Stalin, sino que se planeó a comienzos de los años 20.)

Es cierto que no se podía pedir al nuevo régimen una orientación ecológica avanzada en unos momentos en que la conciencia ecológica era prácticamente inexistente en el mundo. Lo dicho es más una constatación que una crítica. Pero no hay que olvidar que una figura pionera de la conciencia ecológica, Vladimir Vernadski, vivió y publicó en la URSS hasta su muerte en 1945 sin que sus interesantes aportaciones teóricas tuvieran efectos prácticos.

El productivismo partía también de consideraciones militares: había que ser capaces de defenderse del militarismo industrial occidental, y en particular del alemán. La invasión alemana iniciada en 1941 parece dar la razón a esta opción. Pero queda en pie el interrogante de si una guerra campesina –suponiendo un campesinado sólidamente identificado con el régimen soviético— no habría podido también derrotar al nazismo. Había el precedente de la derrota napoleónica. Y unos años más tarde, Vietnam, un pueblo de campesinos, fue capaz de derrotar a la primera potencia industrial del mundo, los Estados Unidos, dotada de espantosas armas de destrucción masiva, especialmente las químicas. (Esta reflexión debería contrastarse con un interrogante: la derrota del nazismo ¿fue obra exclusiva de la masiva intervención de tres estados –la URSS, Gran Bretaña y Estados Unidos— o también de las resistencias populares de los países invadidos? La única respuesta clara a esta pregunta la da Yugoslavia, donde la resistencia popular fue determinante. En los demás casos la intervención de las tres potencias pareció ser el factor decisivo, lo cual justificaría la opción superindustrializadora…)

¿Había alternativa a la concentración totalitaria de poder?

Otro interrogante es si no habría sido más provechoso para el país intentar una vía democrática con elementos de cooperativismo en el campo y la industria sin forzar la construcción de un “socialismo” que todos los dirigentes consideraban inviable “en un solo país”. Lo que se impuso, en cambio, fue un pseudosocialismo con fórceps al precio de una tiranía y un terrorismo de Estado que duró sus buenos 25 años. Como contra-ejemplo se puede invocar la Sudáfrica posterior al apartheid, que limitó sus objetivos a la democracia política, renunciando a última hora al programa antimonopolista del Congreso Nacional Africano –nacionalización de la minería, la banca y la gran industria y reforma agraria—, que habría transformado de manera significativa la situación económica de la mayoría, pero al precio de una lucha muy dura –y de final incierto— contra el gran capital nacional e internacional. Hoy la población negra pobre está pagando aquella renuncia con elevados niveles de pobreza y violencia social, y la desigualdad social es mayor que bajo el apartheid. De todos modos, en la Rusia soviética de los años veinte la posibilidad de una salida democrática era muy improbable dadas las tradiciones autoritarias del país y de la clase hasta entonces dominante, así como a las incertidumbres ligadas a las posibles reacciones de un campesinado muy mayoritario.

Ejercicios contrafácticos como éstos tienen un valor muy limitado para entender lo que realmente ocurrió, porque no hay manera de disipar las dudas sobre si era posible seguir estos otros caminos. Pero si se hacen razonadamente, ayudan a pensar la historia fuera de un marco determinista.

De hecho un programa democrático era difícilmente practicable en un país de profundas costumbres autoritarias, donde, además, la vanguardia que tomó el poder profesaba un marxismo que anteponía el poder estricto del Estado –la dominación por la fuerza— a cualquier consideración relativa al consenso y a la hegemonía ideal y cultural. Mientras Gramsci alertaba desde la cárcel mussoliniana sobre la debilidad de la sociedad civil rusa, en Rusia los bolcheviques hacían esfuerzos titánicos para conservar el poder, incluida la creación y consolidación de un ejército, en plena tempestad. No quedaba apenas margen para construir en pocos años, en medio de luchas civiles despiadadas, una cultura política diferente, y además sin raíces nacionales. El círculo se iba estrechando en torno a un régimen basado cada vez más en la fuerza estricta, es decir, en la violencia institucional –militar, política, policíaca— sobre la sociedad. Pero una lección que en cualquier caso se desprende del caso ruso es la importancia de las convicciones democráticas de las minorías revolucionarias y de la educación, teórica y práctica, de la población en hábitos democráticos para minimizar los abusos en el curso de las luchas y para desarrollar la democracia en la construcción de la nueva sociedad.

¿Valía la pena hacer la revolución?

En aquellas circunstancias, cabe preguntarse si valía la pena hacer una revolución que iba a resultar costosísima. Probablemente la pregunta estaría mal planteada. Muchos observadores de la época anterior a la Gran Guerra, incluidos reaccionarios cristianos como Nikolai Berdiaeff, afirmaban con notable unanimidad que la situación en la Rusia zarista era tan explosiva que una revolución era prácticamente inevitable. A propósito de los socialistas rusos, incluidos socialdemócratas de todas las tendencias y social-revolucionarios, el historiador del socialismo C.D.H. Cole (1959:III, 12) dice que todos ellos tenían algo en común: todos eran revolucionarios, porque para ellos no había otro camino frente al régimen autocrático zarista. La opción no parecía ser “revolución sí” o “revolución no”, sino “qué clase de revolución”. Y en este punto sí había diferencias entre los bolcheviques y los demás, y el “voluntarismo” de los bolcheviques parece probar que, incluso en presencia de condiciones revolucionarias, la existencia de grupos y personas con programa y voluntad de acción es un ingrediente necesario para una revolución. Aquí es ilustrativa la comparación con la situación en la Alemania de 1919.

Por otra parte, la unanimidad de los gobiernos extranjeros para combatir la revolución rusa cuando adoptó una orientación socialista y el surgimiento de los ejércitos blancos parecían obligar a una defensa en toda regla si se quería impedir la vuelta del viejo orden. Con la cómoda distancia de un siglo es fácil dictaminar que tal vez no valían la pena tantos sacrificios para acabar con la triste realidad actual de un capitalismo salvaje, desregulado, mafioso y autoritario, de Yeltsin a Putin. Pero quienes tuvieron que tomar las opciones oportunas en un contexto extremadamente difícil no podían anticiparlo de ninguna manera. Tampoco sabremos nunca cómo habría evolucionado un hipotético régimen de capitalismo restaurado si la revolución hubiese sido derrotada. Como otros países “atrasados”, Rusia habría podido modernizarse bajo la dirección de una clase capitalista renovada, pero nunca podremos saber a qué precio.

Lo que sí sabemos es que cuando los privilegiados ven amenazados sus privilegios no tienen contemplaciones para defenderlos y recurren sin complejos al terror contrarrevolucionario.

Terror blanco y terror rojo: el dilema de la violencia

La experiencia del terror contrarrevolucionario hacía temer una crueldad extrema, como era habitual en la Rusia zarista. La temida policía política zarista, la Ojrana, creada en 1881, practicaba la tortura y el asesinato, tenía muchos medios y utilizaba las técnicas más modernas, como las antropométricas, junto con la infiltración y la delación, también en las numerosas colonias de exiliados en el extranjero. En lo relativo a la violencia bélica, ya en el primer año de la revolución tenían lugar atrocidades y crueldades temibles. Los revolucionarios vivían bajo un alud de noticias de estas actuaciones y bajo la amenaza constante del salvajismo militar o rural (Serge 2001).  La violencia llamaba la violencia.

De hecho, toda revolución justiciera debe enderezar un pasado de violencias acumuladas y difícilmente podrá hacerlo sin aplicar la fuerza. Las clases opresoras han practicado siempre una violencia desproporcionada para preservar sus privilegios. Dejando de lado hechos más remotos, la propia historia del socialismo moderno europeo muestra ya ejemplos de dicha crueldad en países tan cercanos y desarrollados como Francia, donde en 1848 la rebelión obrera de junio acabó con miles de ametrallados; la Comuna de París de 1871 se saldó con decenas de miles de asesinados –veinte mil según el general Gallifet, uno de los represores, y cien mil según los propios communards— como represalia por la muerte de 60 rehenes durante el asedio de la ciudad. La empresa de exterminio masivo programada por Franco durante la guerra civil española es otro ejemplo elocuente. Y esto por no hablar de las guerras para conquistar territorios o mercados que los gobiernos deciden mandando a la gente del pueblo a matar y morir por cientos de miles o por millones. El centenario del inicio de la guerra de 1914 lo ha recordado oportunamente. La violencia es un ingrediente omnipresente en la historia humana de todos los tiempos, y la violencia revolucionaria suele ser, de entrada, una violencia defensiva y reactiva. Por eso es hipócrita escandalizarse por las violencias de las revoluciones. Que las revoluciones hayan tenido su Terror no debe hacer olvidar ni el terror blanco de las contrarrevoluciones ni el terror secular, cotidiano, masivo e inmisericorde de las clases dominantes, que acaba encendiendo el espíritu de venganza de sus víctimas.

Las violencias del siglo XX son una ocasión para reflexionar sobre los dilemas de la violencia social y política. Ante todo, se puede conjeturar que, si bien la violencia está en todas partes, no siempre se manifiesta con la misma destructividad. Algunas sociedades humanas son más crueles que otras. En muchos lugares se han desarrollado mecanismos de regulación de la violencia, desde la “Paz y tregua” medieval hasta las “leyes de la guerra” con sus normas sobre el trato a los prisioneros. La sensibilidad popular se ha transformado: hoy en Europa no se podría concebir que las ejecuciones capitales fueran un espectáculo público concurrido como lo eran hace tan sólo un siglo. El progreso técnico, sin embargo, ha transformado muchas cosas. La capacidad de las armas para matar no ha cesado de crecer en el último siglo. Ha crecido cuantitativamente y se ha transmutado cualitativamente (pistolas, fusiles, ametralladoras, bombas de fragmentación, minas antipersona, bombarderos, artillería, bombas nucleares, armas químicas y biológicas, etc.). Esas nuevas armas funcionan impersonalmente: producen muerte masiva, “industrializada”, y se manejan desde lejos, sin que agresor y víctima puedan mirarse a los ojos ni siquiera un instante. Esto ha introducido cambios en la manera de guerrear, no siempre subjetivamente más crueles (no idealicemos las luchas del pasado), pero sí más destructivos e impersonales.

A finales del siglo XIX ya Engels revisaba el papel de la lucha armada en las revoluciones populares atendiendo al progreso del armamento: comprendía que los ejércitos y las fuerzas armadas de orden público tendían a disponer de una capacidad militar y armamentística cada vez más desproporcionada respecto de las masas, y sugería la necesidad de enfrentar a esas fuerzas armadas defensoras del statu quo una capacidad cuantitativa aplastante de movilización en la calle, y también en las urnas donde fuera posible. La experiencia del siglo XX ha confirmado la sospecha de Engels. La existencia en los decenios de 1920 y 1930 de milicias armadas de sindicatos obreros y partidos de izquierdas no permitió ninguna victoria militar. La resistencia armada sólo era posible con éxito cuando las fuerzas populares podían apoyarse en instituciones existentes, como la Segunda República española, aunque –como ocurrió en este caso— el grueso del ejército se pasara a los insurrectos y éstos recibieran un apoyo masivo de Hitler y Mussolini. Con todo, y pese a la insolidaridad de las potencias “democráticas” y su política de “no intervención”, el pueblo pudo resistir casi tres años.

La reflexión de Engels apunta hoy más bien a la perspectiva de una gran penetración en toda la sociedad, incluidas las instituciones estatales, de las aspiraciones revolucionarias, hasta el punto de permitir que en momentos cruciales las fuerzas armadas y represivas queden neutralizadas –y tal vez divididas— por el movimiento de masas. Es otra manera de ver el papel de la fuerza en las luchas civiles.

La destructividad de las armas contemporáneas obliga a replanteos que han inspirado el “nuevo pacifismo” del decenio de 1980 en Europa y Estados Unidos. “Nuevo” porque el pacifismo formó parte desde sus inicios del socialismo. “Pacifistas” era el calificativo infamante con que la derecha imperialista y militarista apostrofaba a los socialistas que trataron de evitar la Gran Guerra de 1914. Jean Jaurès cayó aquel mismo año bajo las balas de un militarista y nacionalista francés mientras llamaba a oponerse a la contienda. El pacifismo de los años 80, el “nuevo pacifismo”, estuvo muy ligado al temor ante la potencia aniquiladora de las armas de destrucción masiva que acumulaban las grandes potencias durante la guerra fría. Los arsenales nucleares de los Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y la URSS podían destruir varias veces la vida humana sobre la Tierra. La enorme destructividad de esas y las demás armas obligaba –y obliga—  a replantearse a fondo qué hacer con la tecnología contemporánea de la guerra y cómo abordar la conflictividad entre estados y la violencia civil.

Pero el nuevo pacifismo no se contentaba con esto. Recogía la inspiración pacifista de Gandhi –como alternativa moralmente constructiva a la violencia— y la reflexión sobre la experiencia de la fuerza en las transformaciones sociales. En particular, sobre la constatación de que unos medios violentos, en primera instancia justificados por unos fines humanos y pacíficos, podían pervertir el resultado obtenido durante la lucha. Combatir a un enemigo violento obliga a recurrir a una violencia que tiene el peligro de incrustarse en los hábitos de quien combate. Los medios pueden contaminar los fines.

Este razonamiento ha formado parte del nuevo pacifismo, y merece atención. Es un argumento que se combina con actitudes de realismo al comprobar que a menudo la violencia ni siquiera sirve para derrocar el poder establecido. Es curioso que los dos últimos decenios del siglo XX hayan sido testigos de cambios respecto de la violencia en las luchas de emancipación. En América latina, por ejemplo, tras una época de luchas armadas antiimperialistas y antioligárquicas que arrojaron sólo dos victorias, la de Cuba y la de Nicaragua (ésta, efímera), y tras numerosos fracasos, se abandonaron los “focos de lucha armada” y se abrió paso una estrategia revolucionaria centrada en las movilizaciones pacíficas con proyección electoral (Venezuela, Brasil, Ecuador, Bolivia, Uruguay, etc.). Esta evolución del pensamiento transformador respecto de la violencia recoge las lecciones del pasado inmediato y tiene un gran interés de cara al futuro.

No olvidemos, sin embargo, que la violencia puede resurgir bajo parámetros alejados de las luchas de clases del pasado reciente. Desde el Norte asistimos indiferentes a las guerras por el petróleo, los diamantes, las drogas o el coltán; aceptamos muros de la vergüenza como el de Melilla, y que mueran por miles en el Mediterráneo o Río Grande quienes huyen de un Sur condenado. ¿Nos servirán las lecciones del siglo XX? ¿O tendrá razón el pensador alemán Carl Amery cuando dice que Hitler no es un fenómeno superado sino un precursor del futuro, y Auschwitz “el comienzo del siglo XXI”?

Esbozo de balance histórico

Un balance del comunismo del siglo XX no se puede limitar a la revolución rusa. El comunismo fue un movimiento político y espiritual universal, que inspiró acciones liberadoras en muchos países y en muchos ámbitos de la lucha por la renovación social, por la justicia, por la libertad, por la fraternidad. Pocos han sido los movimientos emancipadores del siglo XX en el mundo donde no haya habido comunistas –de distintas obediencias— desempeñando un papel activo, y que a menudo han pagado caro su compromiso. A la vez, el tipo de convicciones fuertes que inspiraba, la confianza –a veces dogmática y fanática— en sus predicciones cuasi deterministas de un progreso histórico “ineluctable” hacia un paraíso en la Tierra, han dado lugar a monstruosas depravaciones sociales tan extremas como el estalinismo, el polpotismo y algunos episodios del maoísmo en China. El peligro de que se repitan depravaciones de esta clase aconseja combatir las tendencias a considerar las luchas por la emancipación como caminos a soluciones milagrosas que, por su valor supuestamente absoluto, justifican cualquier conducta. Y aconseja también erigir desde el primer momento de la construcción de cualquier nueva sociedad los cortafuegos culturales e institucionales que eviten las degeneraciones de esa índole.

Con la Revolución francesa desaparecieron la servidumbre feudal y el absolutismo y empezó la era de las libertades civiles y políticas y de la democracia moderna. De la Revolución rusa cabe decir que marcó un hito importante –el paso de las luchas obreras a la toma del poder del Estado— en el ciclo histórico de luchas sociales encaminadas a implantar nuevas generaciones de derechos: derechos sociales y culturales que amplían los derechos jurídicos y políticos conquistados anteriormente. Este ciclo histórico no está cerrado, pero ha dejado huellas importantes en la vida de los pueblos del mundo. Entre estas huellas hay que incluir todos los derechos sociales, culturales, materiales y ambientales hoy efectivos en algunos países y presentes como aspiración en muchos otros. Hay que incluir también en el balance documentos en que se plasma el horizonte de los derechos legítimos a que toda sociedad humana puede aspirar, como la Carta Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

El balance de un fenómeno tan complejo como una gran revolución siempre es difícil. Recordemos la Revolución francesa y sus complicados avatares, que duraron décadas tras el acto inaugural de la toma de la Bastilla, con retrocesos que llegaron tan lejos como la restauración borbónica de 1815. En lo que respecta a la Revolución rusa seguramente no tenemos aún la perspectiva histórica suficiente: el final de esta historia está todavía por escribir. A diferencia de lo que pasó en Francia, donde la semilla revolucionaria se mantiene viva aún hoy mismo y la revolución se recuerda con orgullo como un pasado nacional glorioso, los efectos de la Revolución rusa  en el interior del país han sido devastadores y parecen haber vacunado la sociedad rusa contra cualquier forma de socialismo para muchos años. Pero no podemos saber cómo reaccionará la población rusa ante la deriva mafiosa y autoritaria del actual capitalismo ruso, y hasta qué punto puede esa población recuperar ideales colectivistas de su pasado soviético. En Rusia fracasó la revolución. Pero a escala mundial aquella revolución tuvo resultados coherentes con sus objetivos emancipadores y humanistas. En cierto modo definió la agenda político-social de todo un siglo.

No se puede juzgar la Revolución rusa sólo con el criterio de que “el infierno está empedrado de buenas intenciones”. Las ambiciones imperialistas del capitalismo, sólo durante el siglo XX, han provocado su propio infierno y casi nunca con “buenas intenciones”: sesenta millones de muertos en los campos de batalla, y la muerte de otros muchos millones de civiles, el genocidio de judíos y gitanos, los campos de exterminio y otros sufrimientos. En definitiva, los protagonistas activos de la Revolución rusa tuvieron el mérito de comprender la inhumanidad del sistema capitalista y de optar por una lucha frontal contra él. No les detuvo la tremenda dificultad de combatirlo.

Hoy se observa que la mayor parte de las personas que luchan por objetivos emancipadores y humanistas con planteamientos rupturistas prefieren distanciarse de la experiencia soviética. Son demasiadas las sombras que oscurecen su historia. Tampoco es fácil un balance ecuánime de sus logros y desgracias, obstaculizado también por deformaciones de la propaganda adversa. Los movimientos liberadores hacen bien en no dejarse atrapar por debates que arrojarían pocos resultados fiables, e incluso en desconfiar del viejo vocabulario: un término como “revolución”, tan central para todo proyecto emancipador, puede incluso ser más un obstáculo que una ayuda. Pero no deben ni caer en falsas polémicas nominalistas ni ignorar la historia, sino conocerla y sacar lecciones para el futuro.

No sabemos qué ocurrirá en un siglo XXI lleno de amenazas nuevas, y nos conviene, para evitar violencias y sufrimientos inútiles, aprender del pasado, y especialmente del pasado inmediato que representa el siglo XX. Porque, ¿qué está ocurriendo ante nuestros ojos? Que el capitalismo no encuentra frenos y se precipita nuevamente sin escrúpulos ni límites contra los derechos de las personas, tanto en el Sur como en el Norte del planeta. Que la sed insaciable de dinero y poder corroe las sociedades y pone la humanidad contra las cuerdas, en una crisis energética y ecológica que puede tener desenlaces funestos si es gestionada por la oligarquía capitalista que domina el mundo. Que asistimos impotentes a una escalada de desigualdades insostenibles. Sin embargo, seguimos sin darnos cuenta del peligro de un sistema basado en la codicia y la desmesura, dotado de unos medios técnicos de enorme eficacia para el bien, pero también para el mal. En este contexto, hay que reconocer el mérito que tuvieron los impulsores de la Revolución rusa al intuir el tremendo potencial destructivo de ese sistema, habernos puesto en guardia y haber intentado luchar contra él.

Noviembre de 2014

Referencias bibliográficas

 

Amery, Carl (2002): Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor, Madrid-México, Turner-FCE [or.: 1998]

Cole, C.D.H. (1959): Historia del pensamiento socialista, vol. III (“La Segunda Internacional 1889-1914”), México, Fondo de Cultura Económica [or.: 1956]

Cole, C.D.H. (1962): Historia del pensamiento socialista, vols. V y VI (“Comunismo y socialdemocracia 1914-1931”) [or.: 1958]

Carr, E.H. (1972): La revolución bolchevique (1917-1923), Madrid, Alianza Editorial [or.: 1950]

Hann, C.M., ed. (1998): Property relations. Renewing the anthropological tradition, Cambridge, Cambridge University Press

Serge, Victor (2001): Mémoires d’un révolutionnaire et autres écrits politiques, París, Robert Laffont

* Texto publicado en mientras tanto, nº 122-123 (primer trimestre de 2015), último número en papel de la revista. Hay una frase añadida señalada con corchetes.

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